“De aquellos que creen en la vida después de la muerte, no olvidan a los que partieron”

Foto: Oscar Rodríguez

Los panteones son la última morada de la vida terrenal, lugares de paz y descanso eterno. Una vez al año, los colores cremas, negros y grisáceos se tiñen con blanca, magenta y naranja, visitados por aquellos que creen en la otra vida y celebran el Día de Todos Santos.

Con ramos de cempasúchil y terciopelo cargando en hombros, pala, escoba y veladoras en mano, es como van llegando los visitantes a la tumba de sus familiares. De los botes de lata o floreros, extraen la flor seca de semanas atrás. El olor del agua encharcada es pútrido, pero no insoportable.

Si el tallo de la nueva flor es muy largo para entrar en el macetero, la pala se encarga del corte, esta provocación libera la fragancia de la cempaxúchitl, la penetración es tan fuerte que el perfume se impregna en las manos de quien la toca.

Ayudándose de la cuchara se escarban agujeros lo suficientemente profundos para colocar de nuevo los recipientes llenos de agua limpia y con la flor ya cortada. Algunas cabezas de xóchitl son deshojadas para esparcir los pétalos sobre la tierra seca. Ahora solo queda decir una oración en silencio.

Para algunos no importan los años para recordar a los suyos, en su memoria siempre están presentes; tal es el caso de Alejandra Cuautla, que a pesar de haber perdido a su hija Lidia hace más de 23 años, sigue trayendo flores. Una cruz blanca en la cabeza del sepulcro ayuda a intuir la edad partió la pequeña.

“Mi hija se fue muy joven, pero no importa hace cuanto se fue, sino que aún sigo viva para recordarla”, comenta Alejandra para El Semanario Gráfico. La señora Cuautla termina de adornar y toma su tiempo para reflexionar; después de unos minutos recoge sus pertenecías para retirarse sabiendo que pudo estar otro año con su hija.

Lidia tiene la suerte de que alguien venga en su memoria, otros no corren con tanta suerte. Cruces sin nombre y lapidas talladas por el tiempo se encuentran por decenas. Las flores que ya hacen en sus sepulcros terminaron por fosilarse. Estas tumbas terminan en el anonimato.

Cuando llega el ocaso, el rojo del cielo se fusiona con el naranja del campo santo, ofreciendo una postal cálida a la vista. Las visitas comienzan a salir con sus oraciones aun en boca, hay miradas de paz y otras humedecidas por las lágrimas. Otro año en la que los muertos pasan a tomar el papel protagónico concluye, solo resta esperar al siguiente.

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