En las calles no deja de sonar el organillo, niega caer ante el más fuerte embate

Foto: Oscar Rodríguez

Tocando un instrumento, montando una coreografía o realizando una actividad de entretenimiento, los artistas urbanos son parte de la imagen del centro de la ciudad de Puebla, en esquinas, plazas, kioscos y, ocasionalmente, transporte público. Por el confinamiento, la mayoría están en casa, pocos ponen en riesgo su salud para ganar algunas monedas.

Las notas de la guitarra se escuchan en la plaza del zócalo, los organillos suenan con su maquinaria y un mono-títere danza junto a las escalinatas para poder ganarse la “papa”.

Los iniciadores del entretenimiento han padecido a creces la situación epidemiológica, son adultos mayores, su edad longeva ya no les permite trabajar en otras áreas y menos ahora por la situación económica por la que atraviesa la región.

Raúl Galicia, un ventrílocuo de 50 años de edad, recorre los alrededores del zócalo de la Angelópolis por más de 6 horas. Tuvo que abandonar el pasillo de los Portales porque ya nadie pasa por la zona, busca con incertidumbre algo de comer.

“Esto ya no es un trabajo, ahora es una estrategia para sobrevivir a la situación económica que está alarmante”, platicó Raúl en entrevista para El Semanario Gráfico.

El titiritero, de 25 años de experiencia, fue testigo día a día, desde el comienzo, cómo la gente dejó de transitar el Centro Histórico por la cuarentena. Junto a Tomas –su marioneta- y una bocina colgando de su hombre, espera ganar algo para “echarse un taco”.

“Ahora veo cómo la gente camina con cubre bocas, mascarillas, es superficial porque sigue con sus mismos hábitos, estornudan o tosen sin taparse, escupen al aire, se pasan el cigarro o el refresco los unos a los otros. Me da miedo ver eso, ya que no les importa la salud de los demás”, expuso.

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Eulogio Molina y su guitarra rondar los rincones de la metrópolis, los restaurantes y bares donde solía tocar cerraron sus puertas como medida de contención de la pandemia.

“Trato de poner alegría a las personas con mi música, aunque sea por un rato, para que puedan olvidar esta situación”, dijo el guitarrista.

Su pasión es la música ranchera, “yo toco rancheras porque es lo que aprendí y me gusta, pero la gente no comparte ese gusto. Me cuesta que me den una moneda, dedicarme a lo que me gusta me mantiene en la pobreza”, compartió.

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Los organilleros son la métrica de la Angelópolis, sus piezas son patrimonio cultural. La pesada maquinaria del instrumento los obliga a ocupar un solo sitio, no pueden dejar el centro de la ciudad.

Susana tiene 5 años trabajando con su organillo acompañada de un mono de peluche. A tempranas horas de la mañana inicia con “Cielito Lindo”. Ella y su pequeño amigo de felpa adaptaron el cubre bocas a su uniforme, guantes y gel antibacterial.

“Sí antes apenas nos volteaban a ver para darnos una moneda, ahora menos, las personas no tienen dinero. Apenas y pasa la gente por la calle.

Hay gente que luego pasa y aunque sea una pequeña despensa nos regala, y se agradece bastante por la situación en la que nos encontramos”, comentó.

 “Si no venimos a trabajar no hay para comer. Dicen que nos quedemos en casa, pero, ¿De dónde vamos a sacar para sobrevivir?”.

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El Semanario Gráfico inició circulación en noviembre de 2020, tras 11 meses de desarrollo. Nuestros primeros pasos en el periodismo lo dimos como Sala de Prensa, proyecto universitario que mantuvo vigencia por más de 7 años.

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