En Rosario la Huerta agradecen a toros y vacas con coronas de cempasúchil

Foto: Oscar Rodríguez

Agradeciendo un año de prosperidad, el poblado de Rosario la Huerta, al norte del estado de Puebla, celebra a las vacas con coronas y collares de flor de cempasúchil en el santo de San Lucas, patrón de los toros.

Los preparativos para la ceremonia comienzan un día antes, desde Atlixco se compran rollos de flor de muerto, son cinco los necesarios para el ganado conformado por 30 reses.     

Después de un viaje de más de dos horas, llegan a casa y, con el sol ya retirado, comienzan las horas de insomnio. Se descargan los ramos para ser llevado a uno de los cuartos y, con la luz del único foco de la habitación, comienzan a desprender las anaranjadas cabezas de los tallos. Una a una son colocadas en una tina de plástico. La habitación se perfuma con la esencia de la flor.

Las mujeres son las encargadas de cocer con hilo de cáñamo los botones para ir formando los collares y coronas que llevará el ganado. Con los ojos pesando y las manos tiñéndose de amarillo, una a una van amontonándose los ornamentos.

“Por fin acabamos”, dice Erlinda García Muños, mujer de la tercera edad y esposa de Rodrigo Peregrina, juntando la joyería floral en ayates para ser más fácil tu traslado para el día siguiente.

A las 6 de la mañana, la familia Peregrina madruga para comenzar su travesía al lugar en donde se encuentran los bovinos. El señor de la casa coloca los ayates llenos sobre la silla de su burro, sin la luz del sol para guiarse, el equino comienza la caminata con su jinete sobre su lomo. Las rocas no facilitan el sendero de terracería.

Tras una hora de camino por cerros, se llega a una planicie, algunas vacas se encuentran fuera, pero con ayuda de caninos, son arreadas las reses.

Una a una van lazando por los cuernos las vacas, las más jóvenes complican la tarea, pues no están acostumbradas a la reata sobre sus cuellos. Una vez amarradas a un poste de madera, son ordeñadas con el fin de obtener leche para la preparación de queso que será parte del festín de la celebración.

Sin temor a ser corneados, los hijos de Rodrigo colocan los collares, los 20 pétalos de las flores contrastan a la perfección con el marrón del cuero.

El toro es el último en ser coronado, los hombres se acercan al semental de 2 metros y medio con suma precaución, pero la bestia de más de una tonelada de peso se comporta de manera dócil.

Acabando con la coronación, se abre el corral para liberar el ganado. Se clavan cuentones en el suelo para después ser encendidos y que estos salgan disparados al cielo. El ensordecedor ruido ayunta a los vacunos.

La familia ganadera recoge sus pertenencias para comenzar el regreso a casa, ahora el sofocante sol sobre sus cabezas los acompaña.

Al llegar, las mujeres reciben a sus esposos e hijos con un festín para agradecer la labor realizada.

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