Recuerdos en cenizas; el aroma de difuntos en una copa

Foto: Oscar Rodríguez

Con más de 300 años de historia, el barrio de La Luz, en la zona limítrofe de la ciudad de Puebla, es reconocida por el trabajo de su gente con el barro. Cazuelas, ollas, tarros y copas son el reflejo de un oficio que no deja extinguir el fogón de los hornos de leña y carbón.

Sobre la avenida Juan de Palafox y Mendoza, al día de hoy solo queda el horno de Arturo López, presidente de la comunidad alfarera y quinta generación de artesanos. Su taller está en comodato, expropiado en 2001 para la realización de un corredor artesanal, y cuyo proyecto sigue inconcluso desde entonces.

En el fogón de Arturo laboran 15 hombres, su fuerte es la alfarería. Las manos de los artesanos van dejando el torno, “hay quienes ya no quieren seguir con el oficio por la falta de apoyo de las autoridades y de los compradores. Se puede perder una tradición de muchos años”, comparte Arturo en entrevista para El Semanario Gráfico.

El amor por su trabajo no le permite afligirse ante el panorama de una pandemia que no da tregua, “a mí no gusta mi oficio, me encanta y eso se lo debo a mis padres que me enseñaron a trabajar, y yo se los enseñe a mis hijos y ellos a mis nietos”, dice.

Copal, el perfume que recuerda a los difuntos

En la celebración de “Todos los Santos” las casas y panteones huelen a perfume del copal, el cual se pone a arder en un incensario para espantar a los malos espíritus, y que el alma del familiar pueda visitar su ofrenda sin peligro alguno.

Más que una copa de barro, un trabajo artesanal

Utilizado en diversos rituales y ceremonias, el incensario o ahumador, más que un utensilio es una obra artesanal. Desde la comunidad de Amozoc se traen a diario 40 costales de barro, la materia es molida e hidratada con agua para comenzar el moldeado.

El maestro artesano va tomando la arcilla para llevarla al torno, sus manos se van forrando de marrón al mismo tiempo que va contorneando la copa. En tan solo 30 segundos termina su obra.

Las piezas de barro se ponen a secar antes de pasar al primer quemado. Las copas endurecidas son llevadas al fogón, con las brasas en rojo vivo se calcina la arcilla, solo son cuestión de minutos para que entre otra ronda de incensarios.

Una vez enfriado el barro, y previo a la segunda quemada, se procede a bañar el material en una mezcla de carbón y plomo, el cual le dará el acabado negruzco tan característico. Cuando sale la copa del horno, se pueden escuchar campañillas, sonido producido por la cristalización.

En septiembre comienza la destrucción del incensario por diversos estados de la república y en distintas comunidades de Puebla. En años anteriores se llegaban a trabajar 100 mil piezas, pero debido a la situación epidemiológica, los hornos han tenido que disminuir su producción hasta un 50 por ciento.

Este año las ventas serán mínimas, el trabajo de los alfareros no dejara de estar presentes en las ofrendas de los mexicanos, décadas de traiciono no ven su ocaso en los próximos años.

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