El recuerdo de quienes partieron antes de tiempo

Foto: Anel Esgua

En 2003 el Día de Muertos fue declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esta tradición se ha transmitido en México desde la época prehispánica, antes de la llegada de los españoles a Mesoamérica.

La conquista influyó y transformó el tributo a los seres del “más allá”. Pero mantuvo en ese homenaje los alimentos y la decoración de las ofrendas.

El incienso, la flor de cempasúchil, los cráneos humanos y los objetos brillantes como protagonistas de los altares. Una mezcla de raíces aztecas con las de la religión cristiana.

A finales del mes de octubre inicia la conmemoración de aquellos que dejaron el mundo terrenal en accidentes. El día 29 se recuerda a las personas que no soportaron más liquido dentro de su ser. El 30 de los que ya nadie recuerda.

En el calendario católico el 31 es la memoria de quienes no vieron la luz del astro o que no recibieron la bendición de Dios. El primero de noviembre para los más pequeños. El 2 es de Todos Santos.

Sobre mesas, sillas, cajas de madera, cartón, los creyentes de la “otra vida” construyen la base en forma de pirámide. De cinco hasta 7 peldaños son las más comunes, que pueden llegar a 12, haciendo alusión a la inmortalidad del difunto.

Comida, bebida, velas, dulces, pan, semillas, escapularios, flores, incienso, aserrín, fotografías, papel picado, objetos personales, decoran uno a uno los pisos del altar. Los últimos recuerdos de quien partió antes de tiempo.

Los mercados en todo el país cambian su producción. Intensifican la venta de todos los productos de la temporada, algunos dicen que es la mejor del año después de la Navidad.

El clásico “regateo” liquida con toda la vendimia. Comerciantes llegan de las comunidades más alejadas para aprovechar las fechas de compra.

En los panteones el ambiente es similar, aunque con más sentimiento. Son abarrotados de familiares, amigos, conocidos y curiosos visitantes que aparecen una vez al año. Mariachis y solistas entonan algunas melodías en honor de quien descansa en la tumba.

El campo santo cambia de colores grises a tonos naranjas, morados, amarrillos y blancos. Cuentan historias, dicen una oración o simples palabras, la gente que asiste en Día de Muertos.

Alguna vez Octavio Paz, escritor, escribió “el mexicano está familiarizado con la muerte, bromea sobre ella, la acaricia, duerme con ella, la celebra. Es cierto, hay tanto miedo en su actitud como en la de los demás, pero al menos la muerte no está oculta: lo mira cara a cara, con impaciencia, desdén o ironía”.

Así ocurre cada año, el regreso de los muertos a la tierra de los vivos. O bien, el recordatorio de cómo la vida ha pasado tan rápido.

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