Ellas por mí, las voces que nos defienden

¡Peligro! ¡Atenta!, no te detengas a jugar ahí. ¡Peligro! ¡Atenta!, un machista te asesina.
Foto: Wendy Herrera
Gabriela Espinoza

Gabriela Espinoza

Jamás pensé en morir joven, mucho menos de niña, ni imaginar que el final de mi vida llegaría a causa de la violencia de género. Mala suerte haber salido a esa hora de la escuela, cruzarse con el tipo equivocado, tomar el transporte incorrecto. Desafortunado vivir en un país machista en el que terminar con la vida de las infantas es una actividad cotidiana

Según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de 2015 a 2019 se registraron 356 asesinatos contra mujeres menores de edad; la cifra de feminicidios infantiles se ha duplicado en el último año. Es imposible ignorar la crueldad con la que estos actos violentos son ejecutados. 

Plantearme esa situación me produce una sensación repugnante, de tristeza y enojo. Es nefasto, aquellas que reciben las peores consecuencias de una nación patriarcal son niñas y adolescentes.

Ante esta crisis de violencia mis esperanzas se han dirigido en los grupos feministas, quienes comparten conmigo la misma sensación de impotencia y las ganas de erradicar la violencia de género desde la raíz. 

Estas mujeres son las mismas que convocaron a una caminata por aquellas muertas inocentes, donde portaron paliacates morados y verdes contra el patriarcado, y vistieron de negro como símbolo de luto. 

Ellas, que elevaron sus voces para recordar a las niñas que políticamente están vivas en su lucha, se convirtieron en el escudo de su bandera. Lloraron al dar el pase de lista de las que nos faltan, abrazaron de corazón a corazón al contingente que las apoyaba. 

Porque esas mujeres no son un vidrio roto ni una pared pintada; ni destrozos o palabras al aire, sino las que representan la desesperación de miles de mexicanas al saber que la vida de cada niña, adolescente o mujer es solo una estadística en una sociedad machista. 

Qué ironía, a las que tachan de violentas son en realidad las que se atreven a exigir justicia y equidad de género, las que hablan por quienes ya no están a través de sus cantos y carteles, cuando en realidad la violencia se ejerce día a día hacia nosotras por nuestra condición física y social. 

Un ejemplo son los testimonios de las participantes a las caminatas y marchas feministas, llenos de dolor y miedo, pero que me recuerdan que las mujeres no somos vulnerables, por el contrario, somos resistentes, fuertes y valientes.

Para cada declaración desoladora en una marcha feminista, siempre encontrare un “no estás sola” de parte, no de una sino de muchas más que me respaldan. Ellas me han permitido ver que la solidaridad y unión entre nosotras hace y seguirá haciendo la diferencia. 

Queda claro que no es el lugar en el que estemos, ni la ropa que vistamos. No es la edad, el color de piel, la profesión o la preferencia sexual; la violencia de género nos asecha a todas, a cualquier hora del día nos limita de sentirnos libres, nos priva de estar seguras, nos atemoriza y nos parte el alma.

Todo miedo que siento desapareció al rodearme de esas mujeres empoderadas, que me contagiaron de rabia y desconformidad, que me renovaron las ganas de no callarme, y me brindaron la mayor seguridad, esa que parece invisible en todo México, y solo se pinta a través de ellas.

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