México, un retrato de su gente y sus carreteras

Foto: Valeria Candia

Viajar en carretera puede ser la oportunidad de observar un conglomerado de buenas experiencias y vicisitudes; refuerza o nos hace descubrir nuevos gustos, como la lectura, explorar estaciones de radio locales, charlar con quienes se encuentren viajando o explorar pacientemente los paisajes con la vista.

Tramos cortos o largos, las carreteras tienen sus propios relatos, son un puente entre lo propio y lo ajeno.

Emprendí un viaje hacia Cabo San Lucas, Baja California Sur, en junio pasado, un lugar que marcó mi vida desde muy chica, pues mi madre siempre me platicaba sus experiencias y buenos recuerdos de ese lugar cuando viajó 20 años atrás, sin que yo tuviera consciencia de aquel viaje.

Cuando se advierte que el viaje será muy largo, uno se mentaliza y prepara todo tipo de cosas para aligerar el aburrimiento; preparar la música adecuada, unas cuantas comidas ligeras, lecturas que había dejado pendientes y mi cámara.

Los primeros kilómetros que recorrí pasaron sin ninguna novedad, miles de autos atorados en el tráfico esperaban los cambios del semáforo para llegar a tiempo a sus trabajos, el clima permanecía frío y la luz del día recién llegaba.

Paulatinamente los edificios escaseaban y por su lado, las pequeñas localidades iban en aumento, los árboles consumían gran parte del panorama y de repente, ya no estaba en Puebla.

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En Guanajuato, un hombre mayor se sienta en su mecedora de mimbre en el umbral de su negocio de antigüedades esperando a que alguien se le acerque a ofertar por su colección de vasijas, una pintura heredada o un disco de vinil seminuevo.

En Guadalajara, unos niños corren por un paisaje lleno de agaves, escondiéndose unos de otros sin reparar en el calor que prevalece por aquella zona. Estos y muchos personajes más son parte de la cotidianidad, aunque yo dejé la mía kilómetros atrás, ahora soy un turista más.

Cada tramo de carretera posee una historia, y mi padre se encargó de contarme todas las que él tenía, sin pensar que, a la vez, construyó nuevas historias conmigo.

En Ixtlán del Río, Nayarit, la hora en nuestros celulares se retrasó por una hora, el horario había cambiado y ese indicador me hizo pensar que ya no había vuelta atrás, que había entrado en otro espacio-tiempo y que lo único que quedaba era continuar hacia adelante.

Las carreteras también sacan lo mejor y peor de nosotros: demuestran qué tan resilientes somos ante los cambios de clima, cuánto tiempo se puede pasar sin querer dormitar en el asiento o qué tanto podemos llegar a platicar o a quedarnos en silencio.

Mi cámara fue testigo de esos 4 días que pasé en carretera y un inevitable traslado en barco de los puertos de Topolobambo a Pichilingue que quedaron editados en un video, en donde me gustó contrastar la variedad de paisajes que me obsequió la carretera y los climas.

Quiero hacer la invitación para que todos nos descubramos curiosos incansables de lo cotidiano, a leer el relato de lo usual, a ser exploradores en nuestros ambientes y a tener una mirada atenta al cambio. Lo cotidiano es propio, y a lo propio siempre lo querremos proteger y abrazar, son nuestras raíces que eventualmente extrañamos cuando estamos lejos.

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

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